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El Label

Con una incontinencia verbal categorizada por la soberbia de la edad, mi abuelo Label era un cabronazo de esos que en la cola de diez productos en el super increpaba al que tenía adelante porque tenía once: era incapaz de alguna flexibilidad o perspectiva alternativa a una situación de conflicto.  Yo era un pendejito cuando les tocó bocina, les clavó las luces altas y  los puteó (rarísimo en él, porque odiaba las malas palabras) a unos canas que iban despacio por la izquierda; 1980 era y el hijo de puta andaba sin documentos encima, así que los canas que obvio lo pararon para ver quién tenía los huevos o la indolencia de pinchar con un palo el globo de su autoridad, tuvieron que acompañarlo a la casa para ver los documentos mientras él les definía como un sinónimo a “inútiles” y “policía”. No se lo llevaron porque para ser subversivo era demasiado bocón. Ese episodio es uno de los traumas de mi niñez.

Con un metabolismo aceleradísimo, se movía en horarios estrictos para la comida; comía todo y mucho y tenía la silueta (y ciertos rasgos faciales)  de un Yogui. No sé si en algún momento ser facho era requisito legal  para ser abuelo pero el Label cumplía la regla y junto con mi abuela no entendía que yo no pensara que a los homosexuales hay que matarlos a todos. La Chiquita temía que sin esa ortodoxia yo me hiciera gay e intentaba adoctrinarme; el Label me toleraba sin comentarios y lo hacía porque soy su primer nieto y eso era más fuerte que sus estructuras de piedra medieval. Teníamos puntos en común que explotábamos: las películas de guerra y cierta parte de la historia militar. Me inculcó el amor por los trenes y con él hice mi primer viaje,  los dos con la misma cara porque el Label en un tren se conectaba con su niñez de papá ferroviario. Añoraba la puntualidad de los ingleses y los odiaba por Malvinas y no sé si era consciente de esa y otras contradicciones.

Cuando me enteré que Leia Skywalker venía en camino, fue el primero en el que pensé. Quince años antes se había puteado con la muerte, infarto de por medio y mirando un atardecer (I know, that´s cheesy)  me tiró una tipo “Vos que sos mi nieto mayor te voy a encargar que yo tenga un bisnieto en mis brazos antes de morirme”. Yo era un adolescente temprano y era como si me hubiese pedido ser presidente de Bélgica. Cuando Leia Skywalker nació, los dos recordábamos ese momento atroz e imposible en que él estaba conectado con la muerte y yo era ajeno a generar una vida. Se lo debía y al final conectamos los puntos, diría el marmota de Jobs.

Antes de irse le quedaban pocas cosas que lo hacían él pero conectaba con mis sobris con la magia de abuelo que aún le quedaba. Siempre caminó rapidísimo y yo heredé esa condición: le di mi brazo en un fin de año que ya caminaba lento y supe que se sentía cómodo y parece una boludez pero con eso me hice más hombre.

Tuve un abuelo grossísimo.

label

Los guerreros y el amor eterno.

Una playa ultrajada por la marea al atardecer es un escenario de guerreros. Los días en que uno siente que podría volverse loco; y no me refiero a la clase de condición en la uno  supone ser un apio sino a cuando se es perseguido por un recuerdo persistente y feroz. Puede ser “Mentira” de Valeria Lynch o un amor que todavía nos recorre.

Para esas ocasiones hay que elegir una metáfora simple. Sirve una compañía de guerreros desiguales: hombres y mujeres con espadas rápidas y pistolas frecuentes,  acorazados en chalecos blindados con inscripciones en las que matan a dios; con cicatrices y mutilaciones que adornan con tatuajes.  Son malhablados y calzan zapatillas sucias y jeans; los protege  la experiencia y helicópteros artillados con miniguns y cohetes. Desembarcar en playas solitarias para destruír recuerdos es la actividad que los justifica.

Llegará, claro,  el día en que los  enviemos a un combate final. Pelearán para librarnos de un amor que se nos hace eterno y serán derrotados (la eternidad se compone de resistir esa clase de embates) . Combatirán hasta la oscuridad y la desesperanza, con las espadas melladas y sin munición; Finalmente se volverán a nosotros para putearnos por enviarlos a una empresa que sabíamos perdida. Nos van a maldecir con el agua y la sangre en los tobillos y se van a hacer tatuajes para recordar ese día y odiarnos, como a Dios, en cada nueva cicatriz y no nos quedará más que enloquecer de amor  y de sinsentido.

Foto del hipergrossisimo Mariano Srur.

Pueden ver más de su trabajo en http://marianosrur.com.ar/

Morir valientemente.

Un hombre debe ser capaz de cambiar pañales, planear una invasión, carnear un cerdo, gobernar un barco, diseñar un edificio, escribir un soneto, reducir una fractura, consolar a los moribundos, recibir órdenes, dar órdenes, resolver ecuaciones, abonar la tierra con estiércol, programar una computadora, cocinar una comida sabrosa, combatir con eficiencia, morir con gallardía.La especialización es para los insectos.

Robert Heinlein

 

Leia Skywalker va a box conmigo: esa circunstancia mínima y temporal acentúa también el abismo entre nosotros: me sabe alucinante y abomina de mí. En una  tarde desmadrada del verano del ´15 una tormenta nos conminó a trotar en el gimnasio y a mí ese claustro me fue insuficiente y agónico. “Vamos a correr abajo de la lluvia, pendeja maricona” le dije más para inquietarla que para motivarla ; “Andá vos cagón, que te hacés el grosso” me  dijo ella para ponerme en mi lugar. Me saqué la remera para que no se moje, pero era el gesto desafiante que todos creen que es; (y ridículo a los 45). Corrí por la San Juan en el aire tibio y el ruido de los truenos. En el Changomás la gente se refugiaba bajo la estructura, temerosa y yo corría como un semidiós, sudado y mojado. Sentí que brillaba, solo y temeroso pero valiente, como cuando se huye de un dolor extenso.

Volví chapoteando en los charcos más grandes de la calle:  “Sos un fantasma” me dijo Skywalker con el gesto de fastidio que podría poner su mamá. Y tiene razón.

Ayer también llovía; incluso el aire era cortante y hostil. Me saqué la remera y Leia Skywalker salió conmigo, casi sin decir nada. También vinieron Fesca y los Ninjas (shuriken required). Los relámpagos corrían transversalmente en el cielo oscuro y yo que me pongo místico me digo que estoy cumpliendo mi destino (que es tan bueno como cualquier otro).

Solo resta morir valientemente.

Armoured motherfucker Fast poem #4

 

 

…La misma armadura que uso para protegerme de tus ojos,

sirve para pelear con dragones, aliens, zombies y mutantes.

Al amor le  gusta eso: la paradoja, cierta justicia poética

y la posibilidad de destrozar a un tipo sin tocarlo.

Gracias a Dios por los Jetpacks,

para huír, desorganizadamente,

cuando la posición está perdida.

Y así, ( y solo así)

sigo siendo el peor hijo de puta del espacio.

jetpack armmoured motherfuecker

Fe

-Tío, Superman y los demás, existen?

– No…

– Pero vos crees…

-… si.

– No entiendo muy bien lo de que crees  si sabés que no existen.

-Que cosa no entendés. Yo, por ejemplo creo en Batman, fervientemente y sé que no existe.

-Pero qué, si vienen  los zombies, Batman nos va a salvar?

-No, en absoluto. Pero nos va a salvar la idea de Batman.

-Como!??

– La noción de qué es lo que haría Batman si los zombies vinieran: La posibilidad furiosa de creer que podemos ser como Batman. Eso nos va a salvar de los zombies: Creer.

-Ah…

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FUI AL BOSQUE

No tenés dinero en el banco (y no lo vas a tener); salís con alguien que tienen un perro y cuando te vas,  extrañás al perro (y el perro te extraña…).  Sos buenísimo en el Modern Warfare y  sos capaz de referir las guerras Bóer relacionandolas con una película de Nora Ephron.  Notás las sutilezas del cosmos.  Sos el centro de un universo indolente. Sos alucinante.  Si estás en pareja la sensación se acentúa. El matrimonio directamente crea un abismo. Sólo los gatos te miran como si te entendieran; y lo hacen, en esa enigmática forma que tienen los gatos de entender todo como se les canta el orto.

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Y vas a buscar el desierto, o el mar o el bosque. Te decís que vas a encontrarte a vos mismo y caminás, nadás, buceás y peleás con tiburones, con panteras, con caníbales y con gorilas y saltás riscos  y lo único que logras es que te den ganas de comer huevos  fritos, que son como una metáfora, pero no. Posta, tenés dan ganas de comer huevos fritos. Y por ahí ves que medio sos un pelotudo que te fuiste a la concha de la lora para entender que las cosas de verdad están en los  huevos fritos. Los huevos fritos que nunca les diste bola. Volvés y te ponés un restaurant de huevos fritos y te hacés grossísimo haciendo huevos fritos. Ofrecés huevos fritos con palta, con panceta, con pasas de uva, con queso azul, con verdeo fresco y orégano recién cortado, con fideos salteados en semen de oso panda, con trufas francesas, con LSD. Todo con pan francés, fesco y tostado. Sos un embajador universal de los huevos fritos. La ONU te pide que salves a Africa, y la salvás, cocinando huevos fritos. Sos alucinante, de verdad.

gorila

 

Un día estás atrás del mostrador. Todavía sos el centro de ese universo indolente que solo los gatos logran escrutar y que es lo que te llevó a hacer huevos fritos;Y un día aparece; Te ve atrás del mostrador, como un rey benévolo y te dice sin vueltas: _“Te quiero coger en un jacuzzi”; “Nenita, el sexo en un jacuzzi es apenas una posibilidad estética cinematográfica”.

_ “Vos hacé huevos fritos y dejáme que yo me encargue”

No sos el chimpancé que todos piensan. Encarás esa empresa con ánimo científico. Sos el rey de los huevos fritos y necesitás saber. Ella te gusta, sí.  Te gusta mucho. Te gusta que sabe cosas que no sabés.

Un jacuzzi es duro. No es mucho mejor que hacerlo en el suelo. Ayuda la ingravidez del agua, un poco. Si no es uno de los modelos anchos, no podés abrir las piernas y el sexo se parece más a un tetris roto y agónico. Le doy vueltas a la idea y no me convenzo.

Me lleva a su casa. Llena el jacuzzi enorme de agua espumosa. Los jet al máximo. Ella levita. De alguna forma es un ángel y yo soy un perfecto escéptico. Me hace adoptar una posición de arco para felacionarme mientras conduce una turbina a su clítoris que explota; dos veces. Yo me resisto. De alguna forma se monta en mí, me embiste, me aplasta, explota otra vez y yo sigo siendo un escéptico. Se necesita más para impresionarme: soy el rey de los huevos fritos y he entendido algo de mí y en esa posibilidad he entendido parte del cosmos que antes solo percibía en sutilezas superficiales. Me dice cosas al oído y emite el centésimo nombre de Dios. Se convierte en ira, en tormenta; en la naturaleza y en el demonio. Me rodea un vacío, que sé, es el infierno.  Debí sospecharlo cuando apareció en el restarurant y me pidió huevos fritos con apio que es la forma que tiene Dios de explicar la insipidez; y sobre todo cuando me ofreció sexo en un jacuzzi, que es una negación, primero estética y luego física. Me debatí a través de la ciencia, que es lo que me ata al mundo y lo que me mantiene escéptico. Alteré la dirección de los jets hacia el centro nervioso del demonio, que está en el culo, como todos sabemos; lo penetré soportando el ardor infernal y lo llené de semen. Ese traslado de fluídos nos trajo de vuelta. Ella era más el ángel que fue y yo el escéptico de siempre. El sexo en un jacuzzi es una mentira editada en Hollywood.

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_Yo tambien odio el apio_ me dijo, con ojos húmedos y una sonrisa.

_Lo sé.

El ángel entró a mi vida ( y yo entré a la suya). Puso junto a mi restaurant de huevos fritos, un restaurant de Bourguignon; que son el centro del universo, y nos amamos y nos ignoramos con la misma perplejidad.

pie
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Salsas bourguignon.

 

Opción I – Mayonesa de ajos

En un mixer coloque la yema con el aceite de oliva ,el ajo picado el jugo de limón y sal. Haga una mayonesa.

 

Opción II

Pique finamente la échalote.

En un mixer disponga la palta,el jugo de limón, la sal y procese. Incorpore la crema y la échalote picada.

 

Opción III

Pique el ciboulette.

En un mixer ponga las anchoas, el ciboulette, el Cognac, la crema y el jugo de limón.

 

Opción IV

En un mixer ponga huevo duro, alcaparras y aceite de oliva. Procese.

 

Opción V

Pique las hierbas.

En un bowl mezcle la mostaza de Dijon, las hierbas, sal, la mayonesa, la crema y el Cognac.

 

Opción VI

En una sartén con aceite caliente la salsa de tomate, condimente con la salsa tabasco.