Junio

En una de sus guerras, Alí derribó a un hombre y se arrodilló sobre su pecho para decapitarlo. El hombre le escupió en la cara. Alí se incorporó y lo dejó. Cuando le preguntaron por qué había hecho eso, respondió:-Me escupió en la cara y temí matarlo estando yo enojado. Sólo quiero matar a mis enemigos estando puro ante Dios.

Temor de la cólera

Ah’med el Qalyubi

Llevo meses sin ver a Bárbara. Seis. Hablamos y nos mandamos mensajes de whatsapp pero no nos vemos. Ella está inmersa en la dinámica de su matrimonio y parte de esa dinámica incluye huír de esa dinámica y se conscribe en actividades auxiliares como dibujo, inglés, un orfanato de mascotas, yoga, teatro y la finalización de sus estudios. La extraño a horrores. No extraño el sexo descalabrado sino la concreción de ese debate físico en el que hablábamos de cosas absurdas con total seriedad y veíamos documentales sobre leones del desierto, sabiendo que los dos veíamos y sentíamos lo mismo.Bueno, el sexo también. Sin darme cuenta, le dí un espacio en mi vida y ahora hay un hueco en el que todo cae y significa nada.

Para huir de esa dinámica me conscribí en actividades auxiliares como buceo, teatro, box, la docencia y una observación más profunda de la lectura; tan profunda que por momentos dejaba de ser recreativa.

A box va Bernardita, 23 años, delicada, suave, llena de músculos estilizados y cuando se sube al ring se convierte en una máquina de pegar piñas. Bernardita me llama con diminutivos, me da besos en el cachete y se ríe de mi humor ácido, cuando lo entiende. Yo me dejo, como se deja acariciar un perro viejo; Su novio, Juan Carlos,  un metalúrgico, ex boxeador, futbolista y creo también, ex piloto de carreras. Me cuenta, así como un secreto, que se cogió a todas las del gimnasio; “porque Dios me dió una cosa así y las minas se cuentan, ¿viste?” y hace una señal con la mano en la que cabría el amortiguador de una camioneta. Yo lo miro como si estuviera interesado; pero sé que se me nota que me parece un simio. Hace esfuerzos para que me caiga bien y ese esfuerzo abunda mi impresión. Saber que pone sus manos en Bernardita es como encontrar un murciélago en el pino de navidad.

En el principio del verano nos enteramos que Juan Carlos tuvo un accidente de trabajo. Una herida leve en la oreja. La herida se infectó, la oreja completa tuvo que ser amputada y parte de la audición quedó comprometida. Pensé que era yo solo, pero la impresión general era de “Y viste que el boludo este se cree que se las sabe todas”. Un día Juan Carlos apareció con Bernardita de la mano. Si antes se podía reconocer alguna clase de atractivo animal en  JC, había desaparecido con la oreja amputada. Parecía que en realidad le habían cortado un pedazo de chota.  Contó como el disco de la amoladora se rompió y un pedazo le cercenó un extremo pequeño de oreja. La guapeó y siguió trabajando y ni la máscara se puso. Cuando llegó a su casa arregló todo con una gasa y tela adhesiva. A lo macho.

_ Es que no hay que darle máquinas peligrosas a cualquier chimpancé…_ Dije yo, sin que se me mueva un músculo. Y todos se me quedaron mirando, porque en realidad me lo dije a mí mismo, pero debo haber estado distraído y lo dije en voz alta.

El penoso y desvergonzado relato del avance de la infección hasta la mutilación final continuó sin que pudiera encontrar nada para evadirlo. El grupo rodea a Juan Carlos mostrando interés y pena pero mi comentario había roto la tela que separa la admiración y el desprecio.  Yo le miraba la cara a Bernadita y ella me miraba como diciendo “Y si… un poco entendí, pero ya estoy metida en esta y estoy hasta la pija”.

El relato se diluyó y el grupo se separó hacia las actividades del día. Mientras termino de vendarme las manos para hacer bolsa, Juan Carlos me grita desde la otra punta. _ “Salvador!!!, vamo`a guantear?; dale puto”

Lo miré con comprensión. Está bien Juan Carlos. Estuve mal. Te toca sacarme la mierda. La miro a Bernardita y me parece que tiene un poco de vergüenza.

Hice un gesto con el brazo como diciendo, “vamos”. Lo entendí les juro que lo entendí.

Entramos al cuadrilátero y el coach me dijo, _ “Cuidado con la oreja; no muy fuerte”. Lo miré como diciendo “Soy el mejor de los hombres en este pedazo de planeta Coach”.

Yo no sé boxear. Sé poner las manos en guardia y apuntar algún que otro golpe pero no sé prever movimientos. No sé navegar el espacio. “Cintura” es un concepto táctico desconocido para mí. Juan Carlos sabe todo eso, pero le falta una oreja.

Dos rounds. Inicio el tema, más para apurarlo y terminarlo que por otra cosa. Me abalanzo y Juan Carlos me pone las cosas en claro con una piña bien dada en la nariz. Ok… entendí. Yo tiro unas piñas mal dadas; Juan Carlos me tira un cross clarísimo que me sacude todo. “Dios mío, que buena piña”, me digo a mí mismo. Esta pelea no es una pelea. Es una catarsis. Juan Carlos es un dios malévolo al que enfrento para expiar mi soledad y mi sardonismo. Un dios con una sola oreja que me mira sin comprenderme, movilizado por la venganza. Juan Carlos es todo lo que necesito. Mostrame tu dolor Juan Carlos. Te falta una oreja. Ok… A mi me falta el corazón. La miré a Bernardita y Juan Carlos se distrajo porque vio que la miré y yo aproveché. Jab y derechazo al lugar donde estaba la oreja: soy un hijo de puta. Tomá, dios pijón del orto. Ahora JC no se ahorra nada. Entra una piña al hígado que es el infierno. Con esa estoy terminado. Me caen dos trompadas más: un cross y un gancho que son un lujo. Yo caigo sin gracia. Me levanto y el coach me dice _“La cortamos acá Salvador, listo”. Yo lo miro sin poder respirar. Hace rato que no tengo aire. Solo tengo el motor de la desesperanza. Me levanto y sonrío. “Dale JC: mostrame tu dolor”_, pienso _ “Yo te muestro el mío”. Tiré una última piña que no importó. Me desperté en el suelo. El coach está pidiendo una ambulancia por teléfono. Bernardita está arrodillada al lado mío con cara de preocupada. Tiene su mano en mi frente. En el fondo está Juan Carlos, sentado en un banco de madera sacándose los guantes. Cuando llegan los de la ambulancia ya estoy en mí. El más joven me dice que no pasa nada pero que me haga una ecografía por las dudas. El más viejo me dice que me deje de joder y que me tome las cosas con calma. Bernardita se está yendo con JC, se suelta de la mano del chimpancé y corre a darme un beso en la mejilla; esos besos de ella. _“Sos alucinante Salvador” me dice. Y corre de vuelta con el simio.

kovalsky

Nico y Motherfucker Jones (ejercicio de casting)

En el inestable verano del 15, Nico y yo fatigábamos el oro en la estepa. Habíamos llegado en logísticas separadas pero compartíamos  la fogata nocturna, el relato detallado de lo que haríamos al volver, y discretamente, alguna experiencia sobre cómo horadar el alma de la tierra además de la noción inmediata de que estábamos lejos de todo. El scout de Nico había dejado el camp site luego de una infección en un dedo del pie que no se detenía con los antibióticos. Regresaría a sacarlo de ahí al sanar. Mi excavador había muerto de botulismo

En la mañana del 18 de enero Nico encontró una pepita que era un milagro. Tenía el tamaño del puño de un bebé y brillaba bajo el sol como si todo el barro y la mugre de la que salía no le importaran. Nico me la mostró con gesto serio esa misma noche. Siguió excavando más para pasar el tiempo hasta que volviera su scout que para encontrar más oro. Yo perseveraba.

Después de tres meses me presenté hacia el mediodía en su yacimiento. Me paré en la montaña de tierra que se había formado y clavé mi pala al costado, con cierto gesto.

_ Nick… como estás?

_ Motherfucker Jones… Bien. ¿Vos? Qué hacés por acá?

_ hhhhmmmm; estaba pensando

_ …

_ Tu scout no vuelve.

_ Nop.

_ Debe estar muerto.

_ Es muy probable.

_ Nadie más que él sabía dónde estás.

_ No. (a dónde querés llegar?)

_ Nico, querés el mundo de vuelta?

_ No me vas a quitar la piedra Motherfucker.

_ No te la voy quitar.

_ En serio Motherfucker. _ Nicolás dejó la herramienta en el piso y tomó el winchester que estaba a su lado.

_ No hace falta Nicolás. No te voy a quitar la piedra. Me la vas a dar.

Nicolás hizo el movimiento de palanca que intoduce un cartucho en la recámara.

_ Nicolás… yo sé que te imaginaste un mundo mejor. Un mundo en el que la piedra va a solucionar todos tus problemas; pero lo cierto es que ese mundo no está a tu alcance.

_ Sos un hijo de puta.

_ Podemos tomar eso como una redundancia. Estamos acá hace un año; en el medio del desierto, matándonos para conseguir una vida mejor. Para que nuestro mundo sea mejor. Y vos Nicolás conseguiste esa piedra de oro que es alucinante. La conseguiste con tu fuerza física y con tu fuerza de voluntad. Pero, Nicolás… tu scout no vuelve. Y de los dos, el que sabe como volver al mundo, soy yo. Vos tuviste la fuerza para encontrar la piedra. Yo tengo el conocimiento para volver al mundo y lo único que hay entre el mundo y vos, soy yo._

Nicolás bajó el Winchester.

_ Nico te estoy ofreciendo el mundo. ¿Qué no darías por volver a tener el mundo?

Algo brilló en el aire y Motherfucker Jones lo atrapó, sin inmutarse.