Supersticiones.

Aquellos que no poseemos fe estamos condenados a supersticiones sutiles pero poderosas. Será un presagio perturbador tomar un puñado de confites y que ninguno de ellos sea amarillo. Observar a un gato cazando un gorrión será particularmente sombrío en un día sombrío. Descubrir que no hemos quedado sin café en un amanecer hostil será devastador.

La contrapartida serán pequeñas señales de la providencia como llegar al banco y ser el primero en la cola; Encontrar un libro que uno compró como una ganga a un precio descabellado será una experiencia de iluminación; Coincidir en hora, lugar y oportunidad con la mujer amada en secreto, es un guiño indudable de las fuerzas superiores que rigen el universo. La paradoja es que para aquellos que carecemos de creencias formales, ponemos toda nuestra fe en la visión que nos da de la vida cada advenimiento casual, cada milagro cotidiano, cada santo encubierto que se nos cruza en el camino. La religión de los hombres sin fe además de clandestina, innombrable e impersonal tiene una característica que la hace apta solo para los hombres sin fe: es absolutamente impredecible. Se re-escribe todos los días, a cada minuto, en todos los rincones. Una rata  surcando el césped verde de un plaza tendrá el mismo valor que un arco iris. El encuentro de una encrucijada de caminos sin señales para la orientación, puede sobreponerse y anular el poder sanador de un perro callejero que sin más interés que nuestra compañía nos siguió durante 15 cuadras.

La impredectibilidad, lejos de desanimar al seguidor-no seguidor, lo reafirma en su credo de que nada hay escrito, de que no hay nada por encima de todo y que su destino depende de sucesos casuales que hacen que su vida coquetee con el caos. Las supersticiones populares no tienen valor para el adepto a la teología de lo cotidiano. No ir a misa y acariciar un gato negro o pasar por debajo de una escalera y no rezar todas las noches comienzan casi en la infancia como desafío a las supersticiones impuestas y terminan como parte inadvertida de un modo de vida.

La teología de lo cotidiano es para los self made man, para los desesperados, para los que buscan la respuesta en el cristal, para los creativos sin rumbo y para los días perdidos.

 

 

 

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