Supersticiones.

Aquellos que no poseemos fe estamos condenados a supersticiones sutiles pero poderosas. Será un presagio perturbador tomar un puñado de confites y que ninguno de ellos sea amarillo. Observar a un gato cazando un gorrión será particularmente sombrío en un día sombrío. Descubrir que no hemos quedado sin café en un amanecer hostil será devastador.

La contrapartida serán pequeñas señales de la providencia como llegar al banco y ser el primero en la cola; Encontrar un libro que uno compró como una ganga a un precio descabellado será una experiencia de iluminación; Coincidir en hora, lugar y oportunidad con la mujer amada en secreto, es un guiño indudable de las fuerzas superiores que rigen el universo. La paradoja es que para aquellos que carecemos de creencias formales, ponemos toda nuestra fe en la visión que nos da de la vida cada advenimiento casual, cada milagro cotidiano, cada santo encubierto que se nos cruza en el camino. La religión de los hombres sin fe además de clandestina, innombrable e impersonal tiene una característica que la hace apta solo para los hombres sin fe: es absolutamente impredecible. Se re-escribe todos los días, a cada minuto, en todos los rincones. Una rata  surcando el césped verde de un plaza tendrá el mismo valor que un arco iris. El encuentro de una encrucijada de caminos sin señales para la orientación, puede sobreponerse y anular el poder sanador de un perro callejero que sin más interés que nuestra compañía nos siguió durante 15 cuadras.

La impredectibilidad, lejos de desanimar al seguidor-no seguidor, lo reafirma en su credo de que nada hay escrito, de que no hay nada por encima de todo y que su destino depende de sucesos casuales que hacen que su vida coquetee con el caos. Las supersticiones populares no tienen valor para el adepto a la teología de lo cotidiano. No ir a misa y acariciar un gato negro o pasar por debajo de una escalera y no rezar todas las noches comienzan casi en la infancia como desafío a las supersticiones impuestas y terminan como parte inadvertida de un modo de vida.

La teología de lo cotidiano es para los self made man, para los desesperados, para los que buscan la respuesta en el cristal, para los creativos sin rumbo y para los días perdidos.

 

 

 

Abril

Leia Skywalker está de viaje de intercambio. Los primeros meses no la extrañé en los términos clásicos que un padre extraña a su hija que está a miles de kilómetros: el viaje es una circunstancia feliz. Sí en cambio me agarró una cosa de querer apretujarla una mañana en que me llegó uno de sus wassap. -“Hice una compra impulsiva”, me pone y yo me imagino que se compró una góndola con gondolero y todo o un oso polar,  pero me pasa una foto de un libro de Calvin y Hobbes.

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Tiene 16 años y soy para Leia Skywalker una figura abominable. Nos quedan esas cosas que son de los dos: Calvin y Hobbes, cierto gusto excéntrico por el cine que incluye la conciencia de que las chick flicks son boludísimas, pero necesarias; y no mucho más. Lo demás es un debate generado desde el momento alucinante en que empezó a tener una opinión formada; desde el momento en que empecé a aprender de ella.

En febrero del ´45 durante las batallas en torno al Irrawady, los oficiales del ejército británico observaron, no sin desconcierto, la compleja inflexibilidad de los mandos japoneses para defender posiciones. El 7º de caballería ligera persiguió a las tropas japonesas hasta Talingon, donde combatieron durante 10 días. Los tanques Stuart y la infantería de apoyo arrollaban las posiciones japonesas y en la noche, esas mismas posiciones eran nuevamente ocupadas. Los tanquistas aprendieron (memorizaron) la geografía de esas posiciones y la batalla se convirtió en un polígono de tiro y un trámite hacia la exterminación masiva de los japoneses.

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La mamá de Leia Skywalker es la comandante James Mc Govern y me odia. Estuvimos casados 4 años. La amé sinceramente pero también fui incapaz de entender la dinámica de un matrimonio. Fui egoísta con espacios y tiempos; esa incapacidad atormenta mis días.

Nos reunimos a fines administrativos; pero sé que solo vengo para medir fuerzas. Huyo de esa propuesta desigual en la que me acorralan los reproches; (algunos de ellos serán justos). Alguna vez opuse una resistencia nipona. Me atacaba y yo estaba ahí. Obedeciendo ciegamente el impulso de resistir. Ahora sé que es mejor la retirada; la toma de posiciones atrasadas que sostengo hasta que son indefendibles. Es la mejor pelea que puedo dar. Le dejo a la comandante Mc Govern terreno inconquistable y ahora nos separan páramos de indiferencia. No está bien eso. Los padres de una nena maravillosa deberían entenderse maravillosamente.

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Como la caballería, de esa circunstancia me rescata la doctora Silvana que ya aprendió a rodearme con las piernas para consolarme. Me da besos en las mejillas y en el cuello y vamos al cine a ver películas de superhéroes y me despierta en las mañanas apretando su sexo contra cualquier parte de mi cuerpo y me seduce con sus olores que a ella le parecen invasivos y a mi me parecen el inicio de todo.

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